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Manchas en el lavado

Vivimos en un mundo aséptico y ordenado. Un entorno que se opone diametralmente a un mundo natural, caótico y sucio. Para Carolina Bazo lo sucio está representado por aquello que «mancha»; todo lo que está donde no debería estar, aquello que no pertenece a nuestra aséptica realidad cotidiana. El jabón de resina contiene la síntesis de una paradoja material: aquello que supuestamente debe limpiar es también un agente tóxico de contaminación y muerte. La asepsia del mundo moderno supone la destrucción del mundo natural. El personaje representado en los jabones —los de color carne funcionan como una alegoría del cuerpo, y cuya reproducción en serie evoca la repetición mecanizada de la vida diaria— sugiere una mujer pulcra y diligente literalmente atrapada en un bloque de resina, que al mismo tiempo actúa como refugio y celda, protegida y aislada del mundo exterior natural y sucio.

La rutina es un tema recurrente en la obra de Bazo. Los horarios repetitivos y la constante lucha contra el tedio de vivir en un universo domesticado y predecible han generado un escenario donde el dibujo, cuyo significado queda suspendido, surge como la manifestación de lo indeterminado. Siguiendo la lógica del automatismo, los dibujos nacen espontáneamente (como aquellos garabatos que hacemos sin darnos cuenta mientras estamos inmersos en otras actividades) y aparecen sobre corrientes mayólicas industriales ―con la misma clandestinidad del graffiti. Los dibujos irrumpen en la existencia seriada de cada loza para darle un carácter único, arrancándola de su anonimato, y logrando con ello una pequeña victoria estética sobre la racionalidad del mundo organizado: la irreductibilidad y autonomía de la imagen sobre la narración.

La disposición de las mayólicas transforma el espacio de la galería en una lavandería, donde todos sus ocupantes (personas y objetos) son lavados diariamente atrapados en el obsesivo ritual de limpieza de la vida moderna. En Lavandediario la pulcritud de la vida ordenada es ensuciada por la ocurrencia de un impulso vital que, discordante e indomable, se niega a formar parte del simulacro, rescatando en su emergencia la gratuidad del arte y la vida.

George Clarke
Lima, septiembre, 2014